Con 25 años Louis Malle, solo había firmado como codirector el documental “Un mundo de silencio, junto al oceanógrafo Jacques Cousteau, film en el cual también fue su principal camarógrafo. Tenía también un importante antecedente como asistente de Robert Bresson, en la fantástica película “Un condenado a muerte se escapa”. Poco más había que hiciera prever que en el año 1959 realizaría este clásico instantáneo llamado “Ascensor para el cadalso”.

Malle siguió desde esta, su primera película en solitario, un camino personal, sin integrarse en grupos o escuelas, ni ser tampoco reconocido por ellos; sin embargo, en esta peculiar aproximación al cine negro, genero que contaba con una importante aceptación en Francia, podemos encontrar elementos formales anticipadores de la Nouvelle Vague.

A dos años de “Hiroshima mon amour” ( Alain Resnais) y “Los 400 golpes” (Francois Truffaut) ambas de (1959), ya se vive una importante evolución tecnológica en los equipos cinematográficos, lo que les permite a los cineastas rodar fuera de los estudios con una gran facilidad. Los exteriores naturales, los mercados, las veredas y las calles de Paris van a reemplazar a los costosos
decorados, dando el puntapié inicial para una renovación del cine galo. Asimismo el soporte fílmico había sufrido cambios que iban a modificar la visión artística de los cineastas, la sensibilidad de las películas permitían las escenas nocturnas, iluminadas con muy poco soporte y a la sombra de estos avances los creadores probaban o encontraban soluciones a sus inquietudes estéticas a través de la experimentación formal. Malle hizo uso de todos estos avances para componer su opera prima, señalando un camino que seguirían posteriormente muchos de los jóvenes cineastas galos. En el caso de “Ascensor para el cadalso”, podemos mencionar como elemento anecdótico que señala cómo funcionaban estos elementos tecnológicos, que varias tomas de prueba se terminaron incluyendo en el montaje final, aportando a la obra una notable frescura. Esto es muy claro en los minutos de la recorrida nocturna de Florence, que al ser usadas, casi impensadamente marcan con unas hermosas modulaciones el ritmo más clásico del planificado “Noire “francés.

Malle se baso para su película, en la obra del escritor Noël Calef, adaptada y guionada por el mismo director con la ayuda de Nimier, y es como buen policial negro, en muchos aspectos, una oda a la mala suerte o para decirlo mas precisamamente a los infortunios del azar: “Florence y Julien Tavernier son dos amantes que han urdido un plan perfecto para asesinar al acaudalado marido de ésta, que es además el jefe de él. Un sábado por la tarde, cuando no queda casi nadie en las oficinas en que trabaja Julien, consigue que una secretaria permanezca ante su puerta para proporcionarle la coartada perfecta de que en ningún momento ha salido de su despacho. A continuación, escala desde su terraza con la ayuda de una cuerda y un gancho al despacho de su jefe, al que asesina de un disparo para luego dejar la escena como si hubiera sido un suicidio. Sin embargo, cuando sale del edificio contento por haber cometido el crimen perfecto, descubre horrorizado que se ha olvidado la cuerda y el gancho. Vuelve corriendo para recuperar esas pruebas delatoras pero justo cuando sube a su piso por el ascensor el portero apaga la luz y él queda atrapado dentro.”

Louis Malle declaró alguna vez que en el espíritu de esta película estaba presente tanto un homenaje al género como a dos de sus grandes maestros Hitchcock y Bresson, cineasta, con el cual, como señalamos anteriormente, ya había colaborado. De Hitchcock, Malle va a tomar tomar mas que un tratamiento formal, la ambigüedad moral con la que el maestro inglés conseguía que el público
se identificara con aquello que en teoría no debería desear; de Bresson en cambio busca la mirada trascendente con la que el director jansenista impregna su obra, claro que en Malle lo que está presente es la mirada existencialista y desesperanzada que estaba bañando en ese momento a la intelectualidad francesa.

Si bien la historia no deja de ser convencional el film no se queda en un brillante ejercicio de estilo y se asienta en algunas solidas virtudes:

En primer lugar la hermosa fotografía en blanco y negro de Henri Decaë, quien alejado de cualquier virtuosismo técnico, nos acerca encuadres que enriquecen la narración visual.  Decaë tuvo una exitosa y larga carrera en el cine, originalmente fotoperiodista en el ejército francés durante la Segunda Guerra Mundial, terminada la misma comenzó a trabajar en películas, convirtiéndose en el fotógrafo habitual de uno de los más grandes directores del policial francés, Jean Pierre Melville.

La sobria dirección de Malle, es otro de los puntos fuertes. El director conto para los papeles principales con Jeanne Moreau, Maurice Ronet y el infaltable Lino Ventura, trio actoral, al cual le supo sacar el máximo provecho. La puesta en escena superpone tres líneas principales de de acción: la de Julien, la de Florence y la de la pareja formada por Verónica y Louis y Malle logra un perfecto equilibrio narrativo con un montaje clásico y seguro.

Pero tal vez este policial sea sobre todo recordado, y de ahí su inclusión en este ciclo, por su impactante banda sonora, creación del gran trompetista americano Miles Davis.

Miles Davis y ascensor para el cadalso

Es difícil, cuando un disco se convierte en un mito tener una perspectiva crítica adecuada sobre él. Pero hagamos un poco de historia.

En 1957, un año antes de “Kind of blues” Miles Davis se encontraba en Francia para brindar una serie de conciertos en el mítico Club Saint-Germain; como hacían todos los músicos norteamericanos que llegaban a Europa, para formar su banda de acompañamiento, buscaban músicos locales. Uno de los músicos favoritos de los visitantes en Francia era Kenny Clarke, baterista norteamericano, innovador principal del estilo  bebop  de percusión, que se encontraba por aquel entonces radicado en Paris. Clarke en aquel momento, acompañaba al cuarteto del pianista René Urtreger, y Miles contrató al combo completo.

Casi una década antes el trompetista había estado en Paris y durante esa estadía, un importante sector de la intelectualidad francesa lo había consagrado como una celebridad: Jean Paul Sartre y Simone de Beauvoir le abrieron los brazos introduciéndolo en su selecto grupo de pertenencia y el escritor Boris Vian, trompetista aficionado, quien ya era una estrella literaria, tras haber publicado “La espuma de los días” le abrió las puertas de los garitos y lupanares mas sórdidos del lugar. Es precisamente la esposa de Vian, Juliette Gréco, quien le va a presentar a Miles al director Louis Malle.

A raíz de la cancelación de una serie de conciertos Davis acepta componer la banda de sonido de la película con la condición de tener por un par de semanas, en el cuarto del hotel en el cual habitaba, un piano y un proyector de cine a su disposición.

En una lluviosa noche del cuatro de diciembre de 1957, Miles llega al estudio de grabación con unas partituras escritas a mano para encontrarse con el cuarteto de René Urtreger. Este estuvo a cargo del piano, completándose el grupo con Barney Wilen en saxo tenor, Pierre Michelot en contrabajo y el gran baterista Kenny Clarke. Las escenas que precisaban de banda sonora habían sido montadas en continuo y eran proyectadas en el estudio de grabación mientras los músicos comenzaron a improvisar sobre la partitura escrita por Davis.

Boris Vian, en un escrito de 1957 relataba la siguiente escena: “La grabación se realizó en el estudio Poste Parisien en una atmósfera muy relajada. Allí estaba Jeanne Moreau, la protagonista de la película, que de manera encantadora atendía a los músicos y técnicos en un bar improvisado en el estudio. También estaban presentes los productores y técnicos y Louis Malle, en tirantes, que intentaba sacarle de Miles Davis todo lo que deseaba añadirle a la imagen. Los músicos, totalmente relajados, veían pasar en la pantalla las principales escenas de la película, y situados así en el ambiente, se lanzaban a improvisar a medida que transcurría la proyección. Es de señalar, en la toma Dîner au motel, la extraña sonoridad de la trompeta de Miles. En un momento determinado, un trozo de fragmento de piel se despegó de su labio para ir a colocarse en la boquilla. De Igual manera que los pintores deben a veces al azar la calidad plástica de sus tonos, Miles aceptó con agrado este nuevo elemento ‘inaudito’ en el sentido literal de la palabra, jamás escuchado. No hay duda de que el oyente, incluso privado de las imágenes, será sensible al clima hechizante y trágico creado por el gran músico negro, sostenido admirablemente por sus compañeros de equipo»

Lamentablemente esta formación solo existiría para esta grabación de una fría noche parisina, pero daría el puntapié a lo que luego se conocería como el jazz modal.

Louis Malle tuvo una importantísima filmografía de más de treinta películas, Miles Davis fue uno de los músicos más influyentes del siglo XX, quedo como testimonio del encuentro de estos dos grandes artista “Ascensor para el cadalso”, una de las grandes películas de la historia del cine.

Banada Sonora

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